Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de una de las personas clave en ese período mágico en el que los españoles alumbraron la Constitución de 1978 que ha dado lugar a la democracia que hoy disfrutamos
Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Leopoldo Calvo-Sotelo. Recordar sus hitos profesionales y sus logros políticos es una tarea fácil que en la era de la IA está solo a un clic de distancia. Pero una cosa es saber lo que hizo y otra cosa es entender bien el entramado moral y emocional de quien fue una de las personas clave en ese período mágico en el que los españoles alumbraron, en un enorme esfuerzo moral, cívico, jurídico y político, la Constitución de 1978 que ha dado lugar a la democracia que hoy disfrutamos.
Firmamos este artículo dos amigos que fuimos niños en aquella etapa histórica. Hoy los dos tenemos 60 años. Aquel tiempo estuvo marcado por el optimismo y la confianza, que traspasó los umbrales de la clase política para penetrar en las distintas capas de la sociedad llegando hasta nuestras vidas, e infectándonos de un virus maravilloso que es el que genera interés y pasión por participar en lo común e interesarse por la vida política. Javier y yo, Pablo y yo, no nos conocíamos. Uno fue testigo del proceso constituyente en primera persona y llegó a vivir en el Palacio de la Moncloa. El otro jugaba a las canicas en el barrio de Bailén, primero, y en el del Molinillo, después, en Málaga. A ambos nos apasionaba lo que veíamos que estaba pasando en nuestra sociedad y ambos nos sentíamos partícipes de esa vida común que sufría una transformación radical. Nos conoceríamos muchos años después, pero cuando conversamos sobre esta efeméride ambos pensamos que es importante para nuestra democracia guardar la memoria de nuestros grandes hombres y mujeres. Ambos tenemos a Leopoldo Calvo-Sotelo como padre. Yo, Javier, como uno de los padres de la democracia, el segundo presidente del Gobierno español desde la recuperación de todas las libertades, uno de los pocos españoles que votaron dos veces la Constitución: una en el Congreso de los Diputados y después, junto a todos sus conciudadanos, en un referéndum que la aprobó por aplastante mayoría. Yo, Pablo, además tenía la suerte de tener a mi padre no solo colaborando en la construcción de la democracia de nuestro país, sino sacando tiempo, junto con mi madre, para educar a sus hijos en eso tan complicado de «tener criterio» para enfrentarse a las cosas, en la doble acepción de la palabra: camino para intentar conocer, con discernimiento, la verdad.
Hace unos años Raúl Cremades publicó un libro, Nadie olvida a un buen maestro, en Espasa, en el que diversos personajes públicos españoles de todos los órdenes recordaban y homenajeaban a sus maestros. Para conocer a Leopoldo Calvo-Sotelo es interesante ver cómo respondió a las preguntas del autor. Leopoldo tuvo la gran suerte de estudiar en uno de los centros de mayor prestigio pedagógico en la España de la Segunda República: el Instituto Escuela, hijo de la Institución Libre de Enseñanza. En aquel colegio comenzó a intuir la diferencia entre profesores y maestros. Sus paredes también pudieron presenciar la primera vez que Leopoldo, con solo 10 años, pronunció un parlamento en público. La excelente formación que recibió en el Instituto Escuela y en los restantes centros públicos donde estudió dejaron en él una huella profunda e indeleble. Él mismo recuerda en aquel libro de Raúl a Ángeles Gasset, que luego fue también profesora de sus hijos en el colegio Estudio. Leopoldo aprendió a leer en el Instituto Escuela cuando tenía cuatro años. Su madre completó las enseñanzas del colegio, como él también colaboró años después con los colegios de sus hijos en la tarea de enseñarles a leer. Leopoldo fue siempre un buen alumno. Su primera lectura que recuerda es la del Romancero en ediciones de Menéndez Pidal. Aprendió inglés en el colegio y completó esa tarea en el Instituto Británico. El padre de Leopoldo murió cuando él tenía siete años, pero su madre les llevó siempre al colegio y los iba a buscar. Ella hablaba con frecuencia con las profesoras. Para Leopoldo el maestro es aquel que suscita en el alumno un deseo de imitación y que le hace amar de verdad la disciplina que explica.
En este cumpleaños de un padre que ya no está, nosotros los españoles, y los miembros de su familia, queremos recordar a una persona íntegra, excepcionalmente preparada y entregada a una tarea de servicio público que pudo contribuir al bien común desde una posición de liderazgo en la vida política de España. Demostró que es posible alcanzar acuerdos, gobernar para todos, ofreciendo un ejemplo que una democracia que ya se extiende a varias generaciones no debe olvidar, sino recordar, ensalzar y, dentro de lo posible, imitar. Nadie olvida a un buen maestro. Leopoldo, como Adolfo, Juan Carlos, Felipe y muchos otros, son nuestros maestros en el arte de construir un espacio público en el que quepan todos y la dignidad de la persona esté garantizada porque el poder público está sometido a una Constitución que tiene a los derechos fundamentales de la persona como su parte más importante. Sí, la democracia española tiene también, como todas, sus padres fundadores. Algunos, muy pocos, siguen entre nosotros. Esos maestros decidieron participar, contribuir, construir, aportar. A algunos nos pueden inspirar más unos; otros preferirán perfiles diferentes. La mayoría de esos maestros está ya solo en la historia, en nuestra historia. Son la memoria viva de la transición, como tituló Leopoldo uno de sus dos libros de recuerdos. Nuestra responsabilidad hoy está en conservarla para comprenderla y apoyarnos en ella como un resorte cívico, una palanca moral siempre disponible, siempre útil para construir y reconstruir, para fortalecer y desarrollar, para proteger y reinventar el mundo de libertad que, anclado en el imperio de la ley, está ahora en nuestras manos..
Javier Cremades es abogado, presidente y fundador de Cremades & Calvo-Sotelo, y presidente de la World Jurist Association. Pablo Calvo-Sotelo es abogado, socio de Roca Junyent.
