¿Viven hoy peor los jóvenes que sus mayores? Cuando se acercan los dos años de su publicación, ‘Feria’, el fenómeno editorial en el que la periodista treintañera Ana Iris Simón compara la vida de los millennials (los nacidos entre 1980 y 1995) con la que tenían sus padres a su edad, continúa estimulando un debate generacional avivado por la crisis sistémica que ha provocado la pandemia. Un debate que ya ha generado decenas, quizá cientos, de reportajes periodísticos y artículos de opinión.

Todos los bandos participantes en la polémica incurren en la tentación de la inocencia: creerse víctimas y fabricar un hombre de paja al que echar la culpa de todos los males pasados y presentes. El fundamentalista boomer (nacido entre 1946 y 1964) tacha a los jóvenes de consentidos, más preocupados por sus derechos que por sus deberes y mermados por una inmadurez que les hace postergar los compromisos más importantes (matrimonio, trabajo, hijos…). El fundamentalista millennial culpa a los anteriores de alimentar las burbujas especulativas, de corromper la democracia con el “capitalismo de amiguetes”, de promover un concepto avaricioso del éxito y de taponar el progreso de los jóvenes en el entorno laboral. Probablemente ambos diagnósticos tengan parte de razón, pero las caricaturas aplastan cualquier matiz y dinamitan el diálogo. Es lo que sucede cuando se escoge a un colectivo (los hombres, los inmigrantes, las élites…) como chivo expiatorio del malestar social.

El columnista millennial Juan Claudio de Ramón ha precisado acertadamente en El Mundo que este “difícil debate obliga a comparar magnitudes heterogéneas: tener casa en propiedad frente a tener estudios; tener hijos que cuidar frente a tener amigos por el mundo; tener raíces frente a tener paisajes en la retina que nuestros padres no podían vislumbrar”. Y cita al sociólogo alemán Ralf Dahrendof para concluir que se trata de elegir entre vínculos u opciones: “En la vida más de lo uno es menos de lo otro. Y no es osado sugerir que, en general, nuestros padres tuvieron vínculos más robustos y nosotros opciones –no exactamente lo mismo que oportunidades– más variadas. Como ambas cosas son apetecibles ingredientes de una biografía rica, es normal que surja envidia entre generaciones”.

 Aunque los boomers, los millennials, los zoomers o los de la generación X hayan defendido sus respectivas posiciones pertrechados de estadísticas de diferentes épocas —salario medio, coste de la vivienda, presión fiscal, tasa de fertilidad…—, parece que el vendaval desatado por Simón responde a una cuestión más honda y decisiva. Como ha señalado el escritor y consultor David Cerdá, lo que ha hecho la periodista es “señalar el camino sin salida que propone la Modernidad”. Un camino, según esta tesis, pavimentado de “experiencias” (turismo barato, relaciones sexoafectivas efímeras, drogas, conciertos, series de televisión, aplicaciones móviles…) y privado de los pilares materiales y espirituales con los que sostener una razonable felicidad. Por decirlo en términos aristotélicos, sería un camino que lleva al hedonismo en lugar de a una vida “buena”, virtuosa. Una servidumbre disfrazada de emancipación.

Y aunque parezca secundario, no hay que desdeñar el impacto de las redes sociales en esa frustración existencial. En palabras del periodista Javier Marrodán, “antes la vida era más auténtica: no hacían falta testigos, no estábamos tan atentos al eco de nuestras acciones, no había escaparates ni escapatorias virtuales”. Además, se da la paradoja de que esa hiperexposición coincide con una ‘bunkerización’ en nichos y segmentos: los más jóvenes leen muy poca prensa y ven poca televisión lineal, por lo que es más difícil acceder a ellos y transmitirles valores e ideas.

Hay un famoso meme que ilustra el siguiente ciclo generacional: “los tiempos difíciles crean hombres fuertes; los hombres fuertes crean tiempos prósperos; los tiempos prósperos crean hombres débiles; los hombres débiles crean tiempos difíciles”. Si analizamos exclusivamente nuestro desarrollo material, no cabe duda de que gozamos de un momento próspero sin precedentes, a pesar de las desigualdades. Al mismo tiempo, todo lo que ha sucedido desde el año 2000 habla de un mundo inestable: terrorismo islamista, guerras en Oriente Próximo, crisis financiera, movimientos separatistas, populismos de derecha e izquierda, guerra de Ucrania…

Por lo tanto, ¿vivimos tiempos prósperos o difíciles? Por encima de todos los acontecimientos, un dato proyecta una negra sombra: 700.000 personas se quitan la vida cada año en el mundo. En España, el suicidio es la segunda causa de muerte no natural entre los jóvenes de 15 a 29 años. Por supuesto, se trata de un asunto complejo que responde tanto a factores macro (nivel de renta, desempleo, contexto socioeconómico…) como micro (predisposición genética, hábitos de vida…), pero no cabe analizarlo sólo desde un punto de vista material o biológico. Podemos decir que muchos jóvenes (y no tan jóvenes) están expuestos a otro tipo de pandemia: el vacío existencial, la ausencia de misión en la vida, la pérdida de un propósito más allá de la satisfacción de los apetitos inmediatos. “Sin una misión radical, sin una vocación sobre una llamada que no viene de este mundo y que confiere a las cosas un valor eterno, el disgusto hacia la vida no deja de infiltrarse entre nuestras carcajadas promocionales y en nuestras diversiones espectaculares”, escribe el filósofo francés Fabrice Hadjadj.

Por lo tanto, ni los boomers aciertan al despreciar el deseo de los millennials de una mayor estabilidad económica, ni los millennials cuando rechazan la exigencia de más reciedumbre. Las bases materiales son condiciones necesarias, pero no suficientes, para lograr una vida buena. El poderoso presidente de una multinacional puede llevar una existencia tan plena como infeliz. Lo mismo la atareada madre de familia o el joven soltero que da sus primeros pasos en la empresa. Las circunstancias exteriores influyen mucho, pero en última instancia su felicidad dependerá del sentido con el que vaya transitando el día a día.

 

 

Yago González y Antonio Fournier

Antonio Fournier, fundador de Intelcorp y miembro del Consejo Asesor de Cremades & Calvo-Sotelo

Yago González, periodista, consultor y editor de Intelcorp

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