La estrategia de apostar por la caída en Bolsa de las empresas se extiende a más inversores a través de derivados financieros
Hace algunas semanas, un ataque del hedge fund británico Kintbury Capital hacía saltar las alarmas (una vez más) en Grifols por las ventas en corto. Apostar por que un valor vaya a caer en Bolsa y ganar con ello dinero es una práctica aceptada y regulada en el mercado, pero hay que reconocer que no tiene la mejor fama. En momentos de volatilidad, como el actual, las posiciones cortas o bajistas se han convertido en una práctica que puede reportar grandes alegrías y es inversamente proporcional al disgusto que soportan las compañías que se ven acosadas.
En el listado de los mayores bajistas de la Bolsa española hay caras conocidas, como BlackRock, que puja a la baja por el 1,84% de Enagás y por el 0,78% de Acciona; o JP Morgan, listo para ganar dinero si bajan las acciones de Ence, Redeia o Rovi. Empresas como Bankinter, Cellnex, Indra, Repsol, Sacyr, Solaria, Talgo o Tubacex están en el radar de los bajistas. Los grandes expertos en sacar partido de estas posiciones suelen ser fondos de inversión libre (hedge funds) que buscan debilidades en el gobierno corporativo de las compañías, errores en su planificación estratégica, excesivo endeudamiento, excesivo optimismo al presentar sus planes o, en los casos más dramáticos, posible ocultación de información que esconda un fraude y que haga que las acciones estén sobrevaloradas.
Pero ser bajista no está limitado a un perfil de inversor. Un operador de Bolsa que pide anonimato explica que no solo un hedge fund agresivo tiene motivos para ponerse en corto: “Puedes pensar que la valoración está alta de forma temporal, puedes creer que está alta en comparación con otro valor de su sector… la estrategia puede incluir una variedad de opciones. El minorista también utiliza muchísimo la operativa de cortos a través de CFD [derivados financieros]”.
La mecánica es sencilla: el inversor que apuesta a la baja por un valor pide prestados los títulos a otro inversor durante un tiempo a cambio de una comisión. Cuando recibe esas acciones prestadas las vende para, más adelante, recomprarlas a un precio menor en el mercado y devolvérselas a su dueño habiendo ganado la diferencia. Pero hacerlo tiene un riesgo enorme: las ganancias están teóricamente limitadas por el suelo de los precios (una acción solo puede bajar hasta valer cero) y, sin embargo, si el que apuesta en corto se equivoca y las acciones suben, ese crecimiento puede no tener límite, lo que le obligará a recomprarlas con grandes pérdidas.
“Normalmente un inversor institucional se pone de acuerdo con un prime broker [bancos globales tipo JP Morgan, Morgan Stanley] que ofrece los títulos con una tarifa normalmente paralela a los tipos de interés más un diferencial que suele ser del 0,5% para compañías muy líquidas”, continúa el operador bursátil. Para compañías más ilíquidas o especiales, como las small cap (baja capitalización), la operación puede salir muy cara, llegando a un 10% o 15% en tasa anual. “Son posiciones que no se quieren construir a largo plazo. Y el riesgo no es solo que suban las acciones, sino que la posición esté apalancada”, es decir, que el que se coloca en corto no tenga el dinero suficiente para cubrir todo lo que ha solicitado y lo haga aportando otras garantías. Las operaciones pueden rotar cada mes y los contratos pueden incluir muchas condiciones, como que, en momentos de estrés del mercado, el dueño pueda reclamar sus acciones.
En la Asociación Española de Accionistas Minoritarios de Empresas Cotizadas (AEMEC) creen que, igual que sale el sol todos los días, es inútil oponerse a su existencia, pero critican que la Bolsa se convierta así en un mercado con dos ligas: “La del inversor profesional sofisticado y la del ahorrador minoritario”. No les agrada: “Todos invertimos esperando que la compañía vaya bien a largo plazo. Cuando determinados actores juegan en contra pueden presionar a la baja los precios de un valor. Cuando entra un bajista, a lo mejor un gestor ordinario deja de recomendar la acción de una determinada compañía, y así el apetito comprador disminuye. Y cuando todos quieren vender, los precios caen”. Pone el portavoz de AEMEC el ejemplo del crash de 1929, el mayor desplome bursátil en la historia de EE UU. “Todo el mundo quiso vender en el mismo momento, pero estoy seguro de que no todas las compañías eran igual de malas”. Desde la asociación de empresas cotizadas Emisores Españoles, Javier Zapata, su secretario, cree que no hay mucho que discutir en lo referente a las reglas del mercado, solo reclama un meticuloso cuidado en la supervisión de la operativa para evitar malas prácticas.
“Situaciones de volatilidad son propicias para que los inversores cubran sus riesgos”, contextualiza desde Garrigues, Gonzalo García-Fuertes, socio especializado en el mercado de valores, que señala que este tipo de operaciones no tiene más o menos problemas legales que otras. Aclara que en la UE hay obligación de comunicar al regulador (CNMV) las posiciones a partir del 0,1% del capital de una compañía. “Hay que tener muy claro que estas operaciones tampoco se pueden realizar con información privilegiada o en situación de abuso de mercado, como en cualquier otra transacción. Los operadores tienen derecho a publicar información sobre las compañías que creen que bajarán, pero no a difundir información engañosa para provocar esas oscilaciones y cerrar la operación en corto”.
Las prohibiciones
En España, la CNMV prohibió en dos ocasiones este tipo de apuestas: en 2011, durante la resaca de la Gran Recesión, y durante la pandemia. Después de la última, el regulador encargó un estudio que no encontró evidencias de que tuviera un efecto diferencial en la evolución de los precios de las acciones del Ibex 35, aunque teóricamente hay un debate que argumenta que, si los inversores pesimistas hacen sus apuestas, el precio de las acciones tiende a ser inferior. Preguntada, la CNMV señala que lo único que distingue a estas operaciones de las demás, todas sometidas a la Ley del Mercado de Valore y la normativa europea bajo el paraguas de la ESMA, es el deber de comunicarlas.
Sus defensores argumentan que un valor cae no porque apuesten en su contra, sino porque tiene problemas. Los bajistas, dicen, hacen que el mercado sea más eficiente evitando sobrevaloraciones y aportando liquidez. En la otra parte están los accionistas atacados, que ven cómo sus compañías favoritas se ponen en cuestión y reclaman más transparencia, como que se conozca el nombre de los prestamistas.
