Solo existe una alternativa verdadera para organizar la vida en común: o nos gobierna la
fuerza o nos gobierna la ley

 

Los cinco miembros del Comité Noruego del Nobel, elegidos por el Parlamento de Noruega, tienen la responsabilidad de decidir quién recibe el que probablemente sea el galardón más simbólico del mundo. ¿Qué nos han querido decir este año con la elección de Navi Pillay? ¿Por qué optaron por esta jueza de 85 años que goza de un prestigio indiscutible en el mundo del derecho?

El mensaje de su vida ha sido simple: la paz a través del derecho. A través de los numerosos cargos y responsabilidades que ha desempeñado, en el Tribunal Supremo de su país, el Tribunal Penal Internacional, el Tribunal Internacional para Ruanda, como alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y como jueza ad hoc de la Corte Internacional de Justicia, siempre ha trabajado para que el mundo estuviera gobernado por la ley y no por la fuerza.

Los jueces están hoy en el centro del debate público. En las democracias, muchos ciudadanos creen que con frecuencia actúan como políticos con togas; otros los defienden como la última barrera para proteger el imperio de la ley.

La realidad es que la creciente polarización política ha multiplicado los litigios sobre cuestiones de enorme trascendencia pública en las democracias. Los jueces han tenido que cumplir su deber: aplicar el derecho en circunstancias cada vez más complejas. Lo  que no siempre se ha producido es la aceptación pacífica de sus resoluciones, incluso desde la discrepancia. Con demasiada frecuencia, quienes pierden un litigio —unas
veces desde una posición política y otras desde la contraria— desencadenan ataques contra un poder esencial para garantizar la primacía de la Constitución y las leyes. Son sobre todo los gobiernos, el poder ejecutivo, los que se revuelven, se defienden y atacan, deslegitimando al poder judicial y acusándolo de ser un mal poder. Ese
constante intento de deslegitimación de los jueces genera, en el ámbito interno y externo, un debilitamiento del derecho y, por tanto, de la democracia.

Como consecuencia, se ha erosionado la conexión entre la comunidad política y el sistema jurídico que debe regir la convivencia. En el ámbito de las relaciones internacionales, el desprecio al derecho es aún más profundo.
He tenido la oportunidad de tratar a Navi Pillay en distintas ocasiones. La última fue especialmente memorable: el 8 de mayo de 2023, tuve el honor de ser su anfitrión en Madrid, durante el acto en el que recibió de manos del rey Felipe VI la Medalla de Honor que no siempre se ha producido es la aceptación pacífica de sus resoluciones, incluso desde la discrepancia. Con demasiada frecuencia, quienes pierden un litigio —unas veces desde una posición política y otras desde la contraria— desencadenan ataques contra un poder esencial para garantizar la primacía de la Constitución y las leyes. Son sobre todo los gobiernos, el poder ejecutivo, los que se revuelven, se defienden y atacan, deslegitimando al poder judicial y acusándolo de ser un mal poder. Ese constante intento de deslegitimación de los jueces genera, en el ámbito interno y externo, un debilitamiento del derecho y, por tanto, de la democracia.

Como consecuencia, se ha erosionado la conexión entre la comunidad política y el sistema jurídico que debe regir la convivencia. En el ámbito de las relaciones internacionales, el desprecio al derecho es aún más profundo.
He tenido la oportunidad de tratar a Navi Pillay en distintas ocasiones. La última fue especialmente memorable: el 8 de mayo de 2023, tuve el honor de ser su anfitrión en Madrid, durante el acto en el que recibió de manos del rey Felipe VI la Medalla de Honor Ruth Bader Ginsburg. La ceremonia se celebró con motivo de la presentación del Congreso Mundial del Derecho (World Law Congress), que tendría lugar dos meses después en Nueva York para conmemorar el 60º aniversario de la World Jurist Association.

Cuando dos años antes, al comenzar nuestros trabajos preparativos para el Congreso, visité al secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, y a quien fue nuestro interlocutor más frecuente, Miguel de Serpa Soares, responsable de los asuntos jurídicos de las Naciones Unidas, me sorprendió ver fotografías de Pillay en su despacho. Una vez fallecida Ruth Bader Ginsburg, Pillay es, probablemente, una de las juristas más respetadas del mundo. Ahora es también Premio Nobel de la Paz.

En su discurso de Madrid, Navi Pillay habló de la paz a través del derecho. Con la serenidad que transmite, la integridad que la define, su fuerza intelectual y su extraordinario carácter, nos recordó una convicción que hoy resuena con más fuerza que nunca: solo existe una alternativa verdadera para organizar la vida en común. O
nos gobiernan los hombres —un partido, un líder— y, en definitiva, la fuerza, o nos gobierna el derecho.
Es muy probable que estas ideas tengan un eco global el 10 de diciembre, cuando, en el Ayuntamiento de Oslo, Navi Pillay reciba su tan merecido Premio Nobel.

Javier Cremades es presidente de la World Jurist Association.

De acuerdo