El peligro —más bien engaño— consiste en confundir conocimiento de las personas con amistad, comunicación con auténtico trato. Consiste en ignorar una limitación fundamental de Internet: que es un lenguaje, una forma de comunicación, pero no es natural, y por tanto no puede ser la base única para una relación interpersonal sólida… y necesaria, ya que el hombre es por naturaleza un ser social. Necesitamos trato directo con las demás personas, e Internet (hoy por hoy) no puede ofrecérnoslo. Como toda forma de comunicación, Internet representa la realidad con símbolos. Pero la formación de la personalidad social exige la presencia de los otros, una presencia que es captada por nuestros sentidos y que nos proporciona imágenes evidentes sobre las otras personas al margen de los mensajes artificiales que las personas quieran darnos: alguien con quien hablamos puede decirnos que no tiene problemas, pero nosotros nos damos cuenta de que los tiene: lo sentimos por el aspecto de su cara, el tono de su voz, su pulso nervioso... Este lenguaje del cuerpo, esas evidencias naturales, son algo que, hoy por hoy, tiene poca relación con Internet. Aunque se vaya introduciendo el empleo de la voz y la imagen casi instantánea, es un factor importante a tener en cuenta.
Aparte de la limitación que supone su carácter no inmediato, un único lenguaje no puede satisfacer la sociabilidad de la persona. En caso de que una persona utilice exclusivamente una única forma de comunicación, aumenta el peligro de que confunda los símbolos con la realidad. Una persona que apenas conecta con la realidad más que a través de Internet, sin duda se desarrollará menos que otra que disponga de otras formas, aunque no de Internet.

La desconexión con la realidad —o más bien su confusión con los símbolos utilizados en sus mensajes por el emisor— que puede derivarse de tal abuso de una única forma de comunicación —Internet en este caso— empieza por el propio individuo, que corre el riesgo de desconocer su personalidad e identificarla con una apariencia, un avatar inventado por él mismo: en el fondo, hay un vacío, y puede decirse que una sociedad en la que abunde tal tipo de personajes ha pasado a ser una sociedad de seres anónimos. Tal fenómeno podría llegar a ser una patología psiquiátrica que un algunos llaman síndrome de soledad global, entendido como desequilibrio síquico provocado por el uso excesivo de Internet, que provoca una pérdida del mínimo imprescindible de interacción social. Su presencia se percibe en quien llega a casa con la mente puesta en el ordenador y no en las personas de la familia o, incluso, en cuestiones triviales; en quien se retrasa habitualmente en los momentos de vida familiar (comidas, charlas, juegos...); o siente esos momentos de convivencia como largos y pesados, cansinos, porque está ansioso por retirarse a esa habitación donde guarda el cordón umbilical con el espacio virtual. En definitiva, en quien prefiere la soledad del habitáculo personal a una celebración familiar, a un rato con los amigos o a una antigua afición.

La modificación de la personalidad causada por el síndrome de soledad global apunta, en último término, a una esquizofrenia, ya que el uso de la personalidad para desentrañar una personalidad oculta o para construir el propio avatar favorece que las auténticas personalidades resulten violentadas. En el ámbito de lo psicológico resulta peligroso jugar a ser otro, aun en el caso de no pretender ir más allá de un ingenuo divertimento. Todavía más grave es ese juego si persigue construir paisajes ideales, aunque sea momentáneamente, o novelar nuestra biografía como una especie de escape de la genuina realidad. Y si esa persona atraviesa una situación de carencia afectiva o se encuentra con la afectividad maltrecha, en esas condiciones se rasgan sin remisión las entrañas de la intimidad. Es como juguetear con fuego en el polvorín del psiquismo. Cualquier evasión de los deberes y obligaciones vitales, refugiarse en sueños idílicos, o imaginar una existencia donde las contrariedades brillen por su ausencia, o unas relaciones humanas en completa armonía y sosiego, conduce casi irremediablemente hacia una escisión de la personalidad.

No hay en Internet sirenas, más allá de las que la propia mitología de cada cual quiera crear. Lo que hay que combatir no son los presuntos peligros del medio con que nos comunicamos, sino el desorden interior que puede anidar en cada persona: la mencionada huída de la realidad, aunque parezca excusable por el cansancio frente a una situación dolorosa o bienintencionada por el deseo de construir desde cero relaciones humanas armónicas. La realidad está ahí, en primer lugar y para cada persona la de su propio ser, y no es totalmente reconstruible. Piénsese en las películas Matrix y El bosque (The Village). En ambas se nos relatan dos huidas de la realidad hacia una situación de aparentes relaciones armónicas. La segunda opción, la del aislamiento, es más difícil y a la larga imposible: porque nadie puede huir del desorden al que, en último término, puede someter durante un tiempo pero no aniquilar. La primera, la de los ordenadores que organizan la vida de los hombres desconectándolos de la realidad, ha sido superada... por la realidad. Son los propios hombres quienes pueden ser capaces de desconectarse de la realidad y conectarse a Matrix. Internet es un instrumento pasivo. Es inocente.